Las percepciones están entumecidas, las madrugadas son el ocaso de la noche y los duendes están bailando al son del mar blanco de mi cigarro. La luna está ensangrentada por haber amado al sol y las brujas celebran el aquelarre venerando a Akerbeltz mientras, como un simple observador, me disuelvo entre las lágrimas de una guitarra. Está lloviendo sobre mojado y sólo puedo acceder al disfraz más gastado que tengo y con él me dispongo a volar hacia el horizonte de mi cuarto, el lugar olvidado de mis sueños, el lugar en donde convergen todos ellos. No hay nada de especial esta noche, salvo que las hadas han violado a Peter Pan bajo el mando de Campanita y Cupido se ha equivocado nuevamente uniendo a María con Luzbel (una escena tan angelical como la del hombre cuyos ojos están siendo consumidos por el cuervo que salió de mi bondadoso corazón). No hay nada de especial esta noche más que mi mundo boca abajo y mi mirar que se bifurca al chocar con la luz de un coche interplanetario; no hay nada nuevo bajo esta oscuridad más que mi deseo de seguir observando como todo se vuelve cuerdo hasta que Morfeo venga por mí y mis ojos empiecen a cerrarse y los rayos del sol me hagan enloquecer devolviéndome el acuerdo de un día común y “normal”…
05-10-2011
01H42